Seseribó nació de una idea «loca» de dos parejas amigas: Roberto Rubiano y Alma Proaño; José Rafael Vallejo y Rita Loreto en los años 80.
Los cuatro llevaban los discos de salsa bajo el brazo de la casa de los unos a los otros. Las parejas se reunían a bailar salsa porque es su género de música preferido pero nunca tuvieron un lugar al que ir para dejar de destrozar sus pisos y no interrumpir el sueño de sus hijos pequeños.
En un inicio, quisieron ponerse un lugar solo por seis meses para que ellos y unos cuantos amigos más pudieran ir bailar salsa. Sin embargo, el proyecto de las dos parejas tuvo tal éxito que Seseribó funcionó por 30 años en la calle Salazar e Isabel la Católica. Incluso tuvieron un sustantivo: los «seseriboseros»
La primera noche no tuvieron mezcladora y se sentía un tiempo eterno entre canción y canción pero asistieron muchos de sus amigos, evidenciando que existía un gran deseo de bailar salsa. Desde ese momento, el boca a boca fue crucial para que el «sese» se fuera llenando.
El Seseribó fue una gran pinacoteca
Las paredes eran de piedra y para alegrar el local, Ramiro Jácome hizo un mural hermoso. Muchos artistas entregaban obras a consignación o las prestaban.
Los clientes de Seseribó eran heterogéneos, muchos intelectuales, políticos, periodistas y artistas. Por eso el espacio se abrió también para exposiciones. La primera fue de Carlos Monsalve, en 1988, también hicieron parte Stornaiolo, Jácome, Barragán y Camacho.
Los cuatro dueños corrían con todos los gastos que necesitaban los artistas, diseñaban las invitaciones y brindaban cócteles en local. A cambio, los pintores dejaban sus artes para seguir alimentando la pinacoteca, por eso, habían muchas obras.
Seseribó se convirtió en un negocio, aunque esa no fue la intención original.
Rita Loreto
El auge de bandas como Rumbasón influyeron mucho para que se escuche salsa en la radio (Radio Tropical) y para que más personas se interesen en el género.
Existían clientes tímidos que solo miraban pero también estaban los que nunca se sentaban. A muchos les gustaba hacer la rueda del casino.
La salsa es un ritmo muy libre y puedes bailarlo como quieras.
Alma Proaño
Esta salsoteca llegó a ser tan famosa que los turistas les pedían a los taxistas que les llevaran al bar más emblemático de Quito y llegaban al Seseribó.
Todo el mundo podía ser parte de Seseribó
Nadie se sentía raro. Era un lugar donde se podía ser uno mismo. A Rita y a Alma muchas veces les tocó hacer de psicólogas porque sus amigos se ponían a llorar en la barra.
Seseribó fue el cupido de muchas parejas pero también la razón de que se terminaran. Era muy democrático, la gente se sentía muy libre.
Juana Guarderas decía que era un lugar de seducción
Roberto Rubiano
La música, el ambiente, las personas, los dueños y los que trabajaban eran personas muy libres.
Seseribó era lugar para bailar pero también para conversar o solo mirar, muchos se pasaban dando las vueltas viendo qué había, con mucha curiosidad.
En música, en el Seseribó el cliente no tiene la razón.
Juan Pablo Patiño (socio)
Había variedad de salsa, para todos los gustos. No era necesariamente la que todo el mundo quería pero era muy buena, la gente bailaba y bailaba. Cuando se ponía salsa para escuchar y no para bailar, todos proponía cualquier otra cosa como la salsa erótica.
Se actualizaba la música dentro de los mismos parámetros de salsa, que era más bien clásica. Había muchos grupos nuevos emergiendo, lo que en consecuencia, juntaba a varias generaciones. Los padres se encontraban con sus hijos «farreando».
Como los años no pasan en vano, los antiguos amigos y clientes dejaron de ir porque si salían les daba gripe, si se tomaban un trago les daba agriera.
Los dueños de Seseribó no consideran que les costó acomodarse a las nuevas generaciones, sino que ya habían cumplido un ciclo y que era momento de cerrar.
La mayor ventaja de la salsa es que si tienes buen oído y cierto ritmo, puedes bailar.
José Rafael Vallejo






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