Entre las décadas de 1980 y 2000, La Mariscal consolidó su papel como el corazón de la salsa en Quito. Sus calles, epicentro de la vida nocturna del barrio, albergaron salsotecas ofrecieron música y baile y a su vez, funcionaron como espacios de construcción cultural.
En estos locales, la salsa dejó de ser un ritmo importado y se convirtió en una práctica urbana cotidiana que marcó la identidad de las noches en el barrio y formó generaciones de bailarines y oyentes.
Fue la primera discoteca de La Mariscal. Su propuesta estaba fuertemente influenciada por la salsa caleña: una estética cuidada, baile estilizado y un público que valoraba la técnica en la pista.
Era un espacio donde coincidían bailarines experimentados, artistas y figuras públicas. La salsa se vivía como un acto de distinción y dominio corporal. Para muchos, Solar Latino marcó un estándar de elegancia dentro de la noche salsera.
Son Candela
Se caracterizó por un ambiente más popular y cercano. A diferencia de otros locales, aquí la salsa se bailaba sin protocolos ni exigencias formales: la pista era un espacio abierto para el goce colectivo.
Son Candela se consolidó como un punto de encuentro para públicos diversos y fue clave para mantener viva una salsa más espontánea, donde lo importante era el disfrute del ritmo y la socialización.
Una de las salsotecas que ayudó a consolidar el circuito nocturno de La Mariscal en los años 90. Su ubicación estratégica la convirtió en un lugar de paso obligado para los salseros del sector.
Seseribó apostaba por repertorios clásicos y pistas concurridas, y con el tiempo se transformó en un referente que evidenciaba cómo la salsa ya era parte estructural de la identidad nocturna del barrio.
Destacó por su atmósfera bohemia y su cercanía con públicos universitarios y culturales. Más que una salsoteca tradicional, fue un espacio híbrido donde la música, el encuentro social y la conversación coexistían. En su pista se cruzaban distintos niveles de baile, lo que permitió que la salsa se mantuviera como una práctica accesible y cotidiana, reforzando su carácter popular dentro del barrio.
Con el paso del tiempo, muchas de estas salsotecas cerraron o se transformaron como Seseribó, pero el legado de todas permanece. La experiencia acumulada en sus pistas sentó las bases para que, a partir de los años 2000, la salsa diera un giro hacia la enseñanza y la formación en academias de baile. Así, lo que comenzó como una práctica nocturna y festiva en La Mariscal evolucionó hacia una práctica cultural más estructurada, manteniendo viva la memoria salsera del barrio y proyectándola hacia nuevas generaciones.
