Durante las primeras décadas del siglo XXI, La Mariscal — y en su centro, la Plaza Foch — fue el eje de la vida nocturna quiteña: bares, discotecas, hostales y restaurantes atrajeron a turistas, estudiantes y a una generación que identificó al barrio con la oferta de ocio de la ciudad. Ese motor económico y simbólico mantuvo durante un gran período de tiempo una mezcla de consumo, fiesta y cultura hasta que factores como problemas de seguridad, cambios en el turismo, reordenamientos urbanos y, más recientemente, la pandemia, obligaron a repensar su papel en Quito.
Auge y concentración: una zona de consumo y encuentro
A comienzos y mediados de los 2000 La Mariscal consolidó su reputación como la “zona rosa” de Quito. La hospitalidad y los flujos turísticos facilitaban la proliferación de locales con programación musical diversa: desde rock hasta salas temáticas y salsotecas. La Plaza Foch actuó como la plaza mayor de ese consumo nocturno, donde la vida en las calles se expandía hasta altas horas de la noche y congregaba a públicos de todo tipo. Esa concentración generó empleo, dinamizó la oferta gastronómica y colocó al barrio como referente urbano de la capital.
Tensiones crecientes: seguridad, convivencia y regulación
Pero una consecuencia de este crecimiento fue la aparición de conflictos urbanos. Vecinos y comerciantes comenzaron a señalar problemas de ruido, consumo de drogas y alcohol, inseguridad y alteraciones del orden público. Estas tensiones impulsaron intervenciones regulatorias y debates municipales sobre cómo equilibrar el derecho al ocio con la convivencia vecinal. Con los años, la narrativa pública sobre La Mariscal osciló entre la nostalgia por su época dorada y la crítica por su degradación.
La pandemia: el punto de inflexión
A partir de la década de 2010 se sumaron factores estructurales: cambios en el turismo, competencia de nuevas zonas de ocio y problemas de inseguridad que afectaron la afluencia. Ese proceso se intensificó con la pandemia de COVID-19, que dejó locales cerrados, desempleo y un paisaje urbano con negocios vacíos. Medios locales y comerciantes estaban de acuerdo en algo: el barrio perdió gran parte del flujo que lo alimentaba por años.
Reacción cultural: pasar de la noche al día
Ante esta crisis surgieron respuestas ciudadanas y municipales que buscaron recuperar la vitalidad del barrio desde la cultura y el espacio público. Iniciativas como sesiones de música y baile en plazas y parques han puesto la atención en la transformación del ocio nocturno en prácticas diurnas y comunitarias. Un ejemplo emblemático es Salsa en el Solar, un programa dominical en el Parque Gabriela Mistral que convoca a bailarines, familias y audiencias diversas y que ha contado con el apoyo de instancias zonales. Estas actividades han servido para reconstruir y activar los comercios de manera más inclusiva.
La profesionalización del baile
Otra respuesta ha sido la consolidación de academias y escuelas de baile en Quito, que ofrecen cursos regulares de salsa y otros ritmos latinos. Estas propuestas transforman la relación entre la música y el barrio: la salsa deja de ser únicamente un consumo nocturno y se convierte en una práctica formativa y un espacio de sociabilidad durante la semana. Además, programas municipales y “Casas Somos” ofrecen talleres que integran la danza dentro de políticas culturales locales, ampliando la participación ciudadana.
Economía local y turismo cultural: modelos en disputa
La experiencia de La Mariscal muestra que la reactivación no es automática ni lineal. Mientras algunos propietarios apelan a estrategias comerciales más tradicionales (eventos, promociones, seguridad privada), otros apuestan por la programación cultural diurna y el turismo cultural. El punto en común es la necesidad de acoplar la seguridad y la oferta cultural para que la recuperación sea sostenible. Varias notas periodísticas recientes destacan la complejidad de ese proceso y la necesidad de acción por parte de las autoridades.
Memoria, identidad y futuro: La Mariscal en clave cultural
Hoy La Mariscal es un territorio en disputa entre un pasado ligado a la “fiesta” y una tentativa por convertir esa memoria en patrimonio vivo. El eje de la salsa — tanto en academias como en eventos públicos — simboliza esa posibilidad: la música que antes hacía vibrar por las noche ahora funciona como un vehículo de encuentro diurno, aprendizaje comunitario y reactivación económica más inclusiva. El desafío para el barrio es coordinar a comerciantes, vecinos, gestores culturales y autoridades para que la recuperación combine seguridad, convivencia y valor cultural.
Lucky Lenin, principal promotor de las jornadas salseras en espacios públicos de La Mariscal, sintetiza este proceso: “Esta música me dio tanto que yo le estoy devolviendo un poco de lo que yo he recibido; es por simple compromiso con la vida”.
Para muchos, en La Mariscal la salsa fue y es memoria colectiva.
